lunes, 2 de noviembre de 2015

Mini-relatos de Halloween.

Saludos. Ha pasado un mes exactamente desde mi última entrada. Hemos tenido problemas en la oficina con el Internet y no tengo posibilidad de conectarme desde otro lado, al menos para publicar en el blog.

Lo que les traigo hoy no pasa de ser una pequeña curiosidad creativa. El día sábado 31 de Octubre de 2015, en una conversación casual con mi esposa, nos propusimos crear una pequeña historia de terror, a propósito de Halloween. Cada uno escribiría un pequeño relato y luego se lo daríamos al otro para que lo leyera. Esto fue lo que creamos: Primero dejaré la que escribió ella.

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El 31 de Octubre de 1918, Marcos, Andreína, Anguis y yo recibimos una invitación a una fiesta. El dueño de la casa, un completo desconocido, recién llegado a la ciudad, nos dijo que quería conmemorar una antigua celebración, que llamó Samhain, aunque hoy en día se conoce como Halloween.

Al llegar a la casa, en la enorme sala, una música inquietante sonaba en un fonógrafo. Era la primera vez que veía un aparato semejante. De repente, la casa se movió con un temblor súbito y todos salimos corriendo despavoridos. No había forma de abrir la puerta de la casa. No sabíamos que sucedía en esa casa. Intentamos de todo, pero no podíamos abrir las puertas, ni siquiera romper las ventanas. ¡Estábamos encerrados a cal y canto en esa casa, sin nadie que nos ayudara! A la medianoche, específicamente a las 12:12 nuevamente tembló y esta vez, el suelo de la casa se abrió con una enorme grieta, sin afectar las paredes. ¡Todos gritábamos asustados! Allí, en el fondo del surco pudimos ver una pila inmensa de cadáveres. ¡Y se movían! Se agitaban como en sueños, animados por una intención siniestra, cubiertos de gusanos. De la planta alta llegó una risa horrible… Cada quien corrió a una habitación, buscando evitar el foso de los muertos y alejarnos de la horrible risa, que sonaba como una mujer muy perturbada. Las paredes de la casa comenzaron a llenarse de sangre. Ante tanto horror, me desmayé y no supe más de mí.

Cuando recuperé la consciencia, estaba acostada en una camilla, entre un montón de uniformados. Pude ver que eran policías, pero también había hombres del departamento de bomberos. Mis amigos habían sido encontrados muertos en otras habitaciones de la casa. Una expresión de horror marcaba sus caras y sus manos estaban retorcidas de formas increíbles. Yo fui la única sobreviviente y no sé cómo lo logré. Y hoy, 97 años después, le estoy contando esta historia a mi nieto…

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Esta fue la mía: 

La calle se había quedado desierta. Aunque todavía no eran más de las 5:30 de la tarde, ya la oscuridad comenzaba a cubrir el pueblo. Leena se reprochó haberse quedado tanto tiempo en el cyber. Ahora tendría que caminar hasta su casa, pues no le quedó dinero para el taxi. Cruzó la calle, aun con el semáforo en verde, dado que no había autos ni otros peatones a la vista. Caminó de forma apresurada, mientras miraba nerviosamente en derredor. Una brisa fría levantó una ligera polvareda en el patio de la escuela que quedaba a su izquierda, del otro lado de la calle. Ella aferró su mochila apretó el paso. Tenía que caminar unas 10 cuadras en dirección norte, cruzar un par de puentes, para así llegar hasta su vecindario. Tanta soledad la inquietó y sentía pesadas las piernas, quizás agarrotadas por el tiempo que pasó sentada.

El viento se calmó. Leena cruzó una vez más la calle hacia la acera que corría del lado de la escuela. Al llegar a la esquina, antes de cruzarla, vio la mole de un edificio singular del otro lado de la calle: De dos pisos, paredes rojizas con la pintura desgastada, ventanas cerradas y un pequeño pretil rodeando su patio; era una vieja casona, demasiado grande para lo que se acostumbra en este pueblo. Un solitario árbol de chaparro, ahora casi sin hojas, estaba arrinconado en la esquina por donde Leena debía pasar. Nunca se había fijado en esa mansión, pero ahora pudo detallarla bien. Le llamó la atención una ventana muy pequeña, de forma redonda, algo más arriba del segundo piso. ¿Un desván? La ventana era un tragaluz y tenía barrotes de hierro en forma círculos entrelazados. ¿¿Barrotes en un tragaluz?? Se preguntó muy extrañada. La situación del país era mala, respecto a los robos e inseguridad, pero creyó que no era para tanto. ¿Quién iba a poder meterse a ese caserón por una ventana tan alta y tan pequeña? “¡Esa gente está loca!” pensó una vez que cruzó la calle, sin dejar de contemplar la ventana. De improviso, una cara apareció. Leena saltó y retrocedió, cayendo de la acera a la calle. Un rostro arrugado, amarillento, demacrado y macilento, con un ojo verdoso se mostró de perfil en el tragaluz. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Miró nuevamente a su alrededor. Menos de un segundo después, volvió a levantar la vista a la ventana. La cara ya no estaba. Confusa, se alejó de la esquina, mientras de la casa surgía un chirrido metálico, similar al arrastre de cadenas.



Caminó de espaldas, sin apartar la vista de la extraña casa. Una mano cayó sobre su hombro… Un olor a sudor rancio invadió su nariz. Asustada, apartó la mano y se dio vuelta. Un tipo alto, mal vestido y con la cara llena de barros y surcos la miraba con desaprobación.

-          ¡Fíjate por donde vas, chica!
-          Pe… perdone – logró articular ella, excusándose. El tipo seguía su camino cuando ella lo llamó.
-          Señor, disculpe – dijo. El hombre se detuvo y la miró con fastidio. - ¿Quién vive en esa casa? – preguntó señalando el edificio.
-          ¡Nadie! – respondió bruscamente – Ha estado abandonada por 20 años o más.
-          Pero yo vi…
-          ¡Qué allí no vive nadie! – gritó él, muy alterado y con el rostro aún más congestionado.


Sin pensarlo, Leena salió corriendo, alejándose del hombre y de la casa. Corrió hasta que le faltó el aliento, sin ver hacia dónde. Paró a descansar. Inhaló profundamente. Se apoyó en un pretil. Un árbol de chaparro, casi sin hojas estaba allí. Y una cara demacrada la veía fijamente desde un tragaluz protegido por barrotes en forma círculos entrelazados… Una mano gélida le agarró la nuca. La náusea la invadió y un velo de oscuridad cayó sobre sus ojos. Un chirrido de cadenas rechinó en sus oídos. Una risa pérfida resonó en algún lugar. Luego vino el silencio. 

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4 comentarios:

  1. Ambos cuentos están interesantes, pero aunque más bien sean breves, tipo microcuentos, les falta desarrollo o al menos contarlos de tal forma que uno no quede con gusto a poco. Sería genial que los perfeccionaran.

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    1. Gracias por comentar, Elwin. Si, como mencionas, son microcuentos, aunque más largos que algunos que proponen otros escritores en su blog, donde los piden de 5 o 10 líneas. Puede ser que los desarrolle un poco más a fin de que queden mejor.

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  2. Interesantes relatos. Habría estado bien integrar aspectos de la tradición que haya para este día tu país, para dar a conocer aspectos de la cultura venezolana. Un saludo.

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    1. Bueno, amigo, te cuento que Halloween es algo que se está "celebrando" acá desde hace poco. No es algo integrado en nuestra cultura, sino más bien adoptado. Este año, por primera vez, vi una niña disfrazada de bruja acá en mi pueblo. Nunca antes lo había visto.

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