viernes, 2 de octubre de 2015

La draña (Pt. 2, final)

No había recorrido un trayecto muy largo cuando se le presentó la ocasión. A su derecha, por la carretera estaba una cerca abierta y no muy lejos, a unos 400 metros se hallaba una casa. 

Podía distinguir, aún en la penumbra creciente, sombras de tanques de almacenamiento y tenía la esperanza de que uno de ellos fuera de Gasolina. Y esta esperanza no era infundada, pues conocía que para el trabajo de campo se requiere maquinaria, que muchas veces necesita algo de gasolina o gasoil para funcionar. El gasoil, o combustible diesel, es el más común para este tipo de máquinas, pero muchas veces también se tiene gasolina, para los automóviles o los generadores portátiles, que funcionan mejor o únicamente con esta. La cerca del fundo estaba en sombras, pues no había alumbrado de ningún tipo, pero en la casa se distinguía algo de luz. La puerta hacia el  terreno estaba abierta y esto le extrañó un poco, pero no le preocupó realmente. Reduciendo drásticamente la velocidad, por si había baches en la entrada, se enfiló hacia ella con decisión. Un soplo de viento frío se le metió por debajo de la chaqueta, provocándole un estremecimiento leve, al cual no dio importancia.
Tampoco había alumbrado en el camino de tierra hacia la casa, pero la oscuridad aún no era total y además, contaba con el potente faro de la moto para iluminarse. La casa aparecía como una construcción muy bien hecha, elaborada con bloques y concreto, pero a medida que se acercaba esta impresión se fue desvaneciendo. 

Estaba hecha con bahareque, barro y paja mezclados con agua para formar una especie de pasta, que se fortalece con travesaños de madera dispuestos de forma horizontal; un material que aunque parece frágil es en realidad muy duradero, ya que resiste bien los temblores de tierra y la misma lluvia. El techo era de zinc, en forma triangular del que se llama “de dos aguas”. El hecho de que estuviera hecho de metal debía hacer que fuera algo calurosa, pero poseía una elevación sustancial, lo que haría que el calor del sol se mantuviera arriba, mientras los que estaban dentro, a unos 5 metros debajo de este techo, se encontrarían a una temperatura relativamente fresca y agradable. La casa tenía un pasillo o corredor a modo de porche, donde se apreciaban vigas de madera que cumplían la función de columnas y el piso parecía entarimado igualmente con este material.
Lentamente, David fue acercándose por el camino, hasta que a pocos metros de la casa algo le hizo detenerse. Allí, frente a la misma estaba un columpio improvisado, en el cual en ese momento se mecía una niña sentada. El columpio chirriaba de forma lastimera y sonaba como un gemido largo y prolongado, inusualmente fuerte. Las cadenas, en el sitio donde lo sujetaban al travesaño o poste metálico horizontal parecían desgastadas y oxidadas. El chirrido estridente se podía oír incluso por encima del retumbante y mecánico ruido que hacía el motor de la motocicleta, fuerte incluso a baja velocidad. La niña que se balanceaba en dicho artefacto era muy hermosa: de piel blanca, aunque levemente pálida, y no sobrepasaba con seguridad las 11 primaveras. Su cabello negro se movía con el vaivén del columpio y combinaba mucho con sus ojos café que no dejaban de observar al desconocido visitante, pero sin reflejar miedo, sólo una creciente curiosidad. La pequeña andaba descalza y sus pies apenas rozaban el suelo, estando notablemente limpios y siendo de tamaño proporcionado al de ella, ni muy grandes ni excesivamente pequeños. Vestía una sencilla bata de color rosado suave que le cubría la parte superior del cuerpo y llegaba hasta por debajo de las rodillas.
- Hola – dijo ella moviendo lentamente la mano en ademán de saludo hacia David y con una voz tierna - ¿A quién buscas?
- Hola, muchachita – respondió David desmontando de la moto, apagándola y acercándose un poco -. ¿Está tu papá o tu mamá?
- No – fue la respuesta -. Los dos andan para el pueblo.
A David le sorprendió gratamente la forma de hablar de la niña. Tranquila, pausada, y con una excelente modulación, nada parecido al hablar cotidiano del campesino, cuya pronunciación a menudo es imperfecta, seca y cortante. Mirando alrededor notó una vez más que la casa tenía las luces encendidas aunque aparentemente sólo en una habitación hacia la parte posterior. Otra ráfaga de viento llegó repentinamente y trajo con ella un olor muy peculiar, el del mastranto que tanto abundaba en las llanuras, pero también se percibía, muy lejano, el olor de algún animal muerto. La niña no dejaba de mirar a David, sonriéndose, aunque había detenido el movimiento del columpio apoyando con suavidad uno de sus pies en la tierra. Ahora que estaba más cerca, sin embargo, se acentuaba mucho más esa palidez marmórea que tenía ella, y que contrastaba grandemente con el color rosado de su bata. Por un instante David pensó que era por la falta de luz del sitio donde estaba y se imaginó que todo estaría bien si hubiera más iluminación o que quizás los colores deberían invertirse, el rosado en las mejillas de la beba y el blanco en su bata.
- ¿Volverán pronto? – volvió a preguntar para romper el silencio incómodo que se había acentuado en el aire.
- No lo se – contestó la nena ahora apartando la mirada y desviándola hacia el oeste, la dirección que llevaba David antes de entrar al rancho - ¡Ya deberían estar aquí! ¿Para que los buscas?
- Es que necesito un poco de gasolina, que quisiera comprarle a tu papá, al menos para llegar hasta San Diego - respondió colocando la llave en la tapa del taque de combustible.
- Ahh… Bueno, él podría vendértela. Pero tendrás que esperarlo, pues él es quien sabe cómo operar la bomba.
- ¡Fino! – exclamó David sintiendo un alivio dentro de su pecho. Recordaba que no había visto, en lo que llevaba por esta carretera más de dos automóviles y siempre es difícil que alguien se detenga para ayudar a un perfecto desconocido y mucho más que ceda una parte de su combustible para que funcione una moto. - ¿No importa si los espero aquí?
- ¡Claro que no! – dijo la nena bajando del columpio y cayendo diestramente en el pasillo de la casa -  Pero deberías esperar dentro conmigo, pues estoy enfermita y no debo estar fuera tanto tiempo con el sereno.
- ¿Y no se molestarán tus padres porque yo esté dentro? – preguntó David sintiendo una incomodidad repentina. No quería estar afuera, pero estar dentro de una casa desconocida, con una niña tan jovencita podría fácilmente malinterpretarse.
- ¡Para nada! – dijo la nene con una risa – Más bien les diré que me cuidaste y así te regalarán la gasolina.
David dudó por un momento. No era algo habitual, pero la necesidad apremiaba. Y ahora comenzaba a levantarse el sereno, el frío húmedo de la noche, el cual, indistintamente de su excelente chaqueta de cuero, podría perjudicarlo. No sería la primera vez que se enfermaba en el camino, pero si podía evitarlo, mejor para él y más aún si estaba tan lejos de casa. Recordaba que no tenía medicinas en la moto y como la niña permanecía en la puerta, con la mano extendida invitándolo a entrar, entonces se sacudió esas dudas, que quizás no tenían fundamento alguno y decidió entrar con ella y esperar en la casa.
La sala a la que entró junto con la niña no estaba iluminada, excepto por un débil resplandor amarillento que se filtraba por debajo de la puerta del cuarto al fondo. La chiquilla conocía bien todo lo que estaba en este recibidor, pues no tropezó ni una vez, pero David se dio en las piernas con una silla de mimbre. La niña, dando la vuelta lo miró y soltó una risita fugaz y le recomendó cuidado. Luego, encendió la luz pasando un interruptor. A aquella luz amarilla, David pudo detallar mejor a su pequeña anfitriona, así como la estructura interna de la casa. La pequeña mediría como un metro y cuarenta centímetros, más o menos y tenía el cabello a la altura de los codos. Sus ojos estaban algo enrojecidos, como si hubiera estado llorando, pero él lo asoció con la enfermedad que dijo tener. Tenía ojeras muy marcadas y los párpados algo hinchados, quizás por no dormir del todo bien. La palidez de su rostro y sus brazos causó más desconcierto en la mente de David ahora a la luz de ese bombillo incandescente, pero ya estaba prevenido contra ello, pues ahora todo lo que veía de anómalo en la chiquita lo achacaba a la enfermedad que decía estar padeciendo ella. Sus labios, algo carnosos y protuberantes para su edad, eran sonrosados y acentuaban mucho más la lividez del rostro.
La sala era amplia y con el techo bastante alto, hecho de zinc pero con vigas de madera gruesa para soportar la estructura de la casa. El suelo seguía siendo de madera, pero estaba alfombrado parcialmente. Tres puertas más señalaban otras tantas habitaciones, aunque una de ellas parecía dar a la parte trasera de la casa y no algún cuarto, mientras que cerca de esta puerta había una baranda o balaustrada, como defensa de una escalera descendente, que daría a un posible sótano. Entre el mobiliario existente, se hallaban varias sillas de mimbre, entre las que estaba aquella con que había tropezado David. Alrededor de una mesa de madera, había tres sillas de madera, que servían de comedor. La cocina era parte de la misma sala y estaba formada por la estufa de gas, varias alacenas con puertas de cristal y madera, en una de las cuales se alineaban platos y cacharros de cocina y en la otra, productos que no requerían refrigeración, y el fregadero, el sitio para lavar los platos y las ollas una vez usados. No podía faltar el refrigerador, que aunque bastante viejo y algo oxidado, todavía cumplía con su trabajo, aparentemente. Todo alrededor estaba el olor típico de las construcciones de madera y antiguas, que tantas veces le había agradado y animado.
La niña, luego de encender la luz, se dirigió al refrigerador y sacando un vaso, le ofreció agua a su invitado.
-Siéntate donde quieras – le dijo a tiempo que le daba el agua.
Él se sentó en una de las sillas de mimbre. El aire estaba tibio aunque algo cargado, como si tuvieran una chimenea encendida en esta parte de la casa. Era extraño sentir ese calor algo agobiante, después de que afuera se estaba levantando el nocivo frío nocturnal. La niña se sentó al frente, en otra de las sillas de mimbre. Sin dejar de mirar al techo, David se tomó el agua lentamente. Esto lo refrescó un poco. Mientras tanto, la nena no paraba de jugar con los pies, montándolos uno sobre el otro o rascando la alfombra con sus dedos en actitud completamente juguetona.
- ¿Cómo te llamas? – preguntó ella.
- David. ¿Y tú?
- Yo soy Marjugla – dijo tendiéndole la mano.
David le tomó la manita, pero sintió instantáneamente que algo no estaba bien. La mano de ella estaba fría como un trozo de hielo o como un pedazo de metal que ha pasado toda una noche gélida a la intemperie. Se preocupó realmente, pues no sabía qué clase de enfermedad podía tener esa niña. Fuera de todos los rasgos aparentemente anormales que exhibía, ella parecía una niña muy sana. Se movía libremente y hasta con gracia, miraba de forma risueña, se reía y se sonreía y además estaba de un ánimo muy atento. ¿Qué extraña patología podría tener esta pobre criatura? Esa pregunta rondaba la mente de David, mientras aún sostenía la mano de la pequeña. Soltó su mano, pero él se quedó paralizado por la confusión. Y ella pareció verlo en su rostro, pues sólo bajó la mirada.
De pronto, un espasmo sacudió a Marjugla, quien corriendo desesperadamente se acercó al fregadero de la cocina. Parecía estar teniendo una convulsión repentina, que desencadenó en un vómito muy violento. Los ojos parecían salírsele de sus órbitas y se enrojecieron mucho más que antes. David se puso en pie y se acercó al sitio, para ayudar a la chica. Un fluido verdiamarillento, viscoso, con trazas rojizas y negras se resumía en el fregadero y él ayudó a sostener a la chica, desviando la mirada del asqueroso líquido y tomando a la niña por los hombros… Mientras así la tocaba, seguía percibiendo esa frialdad corporal que nunca había sentido o creía que podía sentir en una persona viva. Y se preguntaba ¿qué puede estarle pasando a esta pobre chica? Abrió la llave de agua, para que fluyera y se llevara el repugnante líquido y Marjugla pudiera enjugarse la boca, pero el líquido tardó en salir, luego de un prolongado ruido de succión, que indicaba cierto desgaste en la tubería. Ella, luego de que pasaron las convulsiones de la náusea y el vómito, se lavó la boca y pareció tranquila otra vez, sólo que más pálida que antes.
- Llévame a mi cuarto, por favor. Es el que tiene la luz encendida- suplicó ella.
- ¿Qué tienes, niña? ¿Qué te pasa? – preguntó intentando aparentar una calma y una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir. En efecto, quería llevársela de allí hasta el pueblo, donde pudieran darle asistencia médica o por lo menos un transporte hasta Pariaguán o El Tigre si era posible esto.
- Estoy enfermita… Necesito acostarme. ¡Estaré mejor si me acuesto! – esa fue toda la respuesta que consiguió sacarle.
La llevó a su cuarto. Este contenía únicamente un armario y la cama, así como un crucifijo en la cabecera de la misma. La ventana estaba cerrada y provista de unas cortinas sin decorado. La acostó en la cama y trató de abrigarla, pero no parecía entrar en calor. Se sintió desesperado.
- ¿Por qué estás tan fría?  ¡¡No entiendo!! – exclamó ya al borde de sufrir el mismo un colapso nervioso. Intentaba calentarla y nada tenía efecto. Ella sólo lo miraba.
- Tráeme un poco de agua de la nevera. De la que tiene hojas. Eso me ayudará.
Rápidamente fue a buscar el agua que le había dicho ella. Recogió la jarra y retiró un vaso. El agua era de un color marrón claro y flotaban en ella unas hojas que no pudo reconocer. Al pasar junto al fregadero, vio que habían arañas diminutas nadando en lo que quedaba del vómito, así como unas excrecencias amarillentas, similares a los huevos de arácnidos. Aunque el agua seguía fluyendo desde el grifo, no se había llevado todo el vómito hacia la cañería. Él no había visto antes esas arañas en la superficie del vómito, cuando abrió el grifo. Tampoco había ni una sola tela de araña en la casa. ¿De dónde habrían salido? ¡Y los huevos! Parecían palpitar como si tuvieran vida propia. En efecto, uno de ellos reventó y salió una araña bebé de allí, que ante sus asombrados ojos, se dilató visiblemente, como si creciera y se agrandara.
Este horror fue demasiado para David, que no pudo reprimir una nausea terrible. Dejando caer el frasco que llevaba se apresuró a salir de aquella casa, buscando el sustento del aire libre, deseando no vomitar a toda costa. Pero no consiguió evitarlo y ya afuera, cerca del columpio soltó todo lo que llevaba dentro de su estómago estragado. Dejó que todo saliera, pues sería peor si intentaba reprimirlo. Luego de las terribles arcadas, que dejaron un sabor amargo en su boca, escuchó un llanto, seguido de un estruendo dentro, como si alguien volcara de un golpe todas las sillas de la sala y la mesa de la comida. Pero no tenía mente para preocuparse por nada más que no fuera el mismo en ese momento. Luego de unos instantes que parecieron horas eternas, se acentuó un silencio pesado alrededor y el pudo respirar hondo. Ya se daba vuelta para entrar de nuevo a la casa y llevarse a la niña de allí, cuando escuchó la voz de ella, justo detrás de él en un susurro gutural:
- No tengas miedo...
Más que susurro fue una especie de siseo, lento, pausado, comedido, como el que usaría una persona para calmar a otra. Lentamente se dio vuelta. Lo que vio le hizo pensar que había perdido la razón. Creyó que estaba loco. ¡No podía ser! ¡Esto no podía estar pasando en el mundo que él conocía, que él creía conocer! ¡¡No, todo menos eso!!
Allí estaba el rostro de Marjugla, pálido, con sus ojos enrojecidos, claramente visibles a la luz de la luna que se filtraba por el pasillo a esa hora. Había llorado y las lágrimas aún bañaban sus mejillas. ¡¡La bata rosada aún estaba entera, pero se había rasgado de la cintura para abajo, revelando algo espantoso, que no tenía cabida ni en sus más horribles pesadillas!!. Los pies habían desaparecido y en su lugar estaban ocho patas peludas y articuladas, así como toda la apariencia de una araña monstruosamente grande, toda negra y con una mancha roja intensa cerca del final del bulbo posterior. Una hueste de arañas más pequeñas andaba todo alrededor de donde ella pisaba. Y su cuerpo arácnido estaba parcialmente encaramado en la pared de la casa, mientras la parte que quedaba humanoide, de la cintura para arriba estaba frente a David, casi rozando la barbilla de él con la frente de ella.

Mudo de terror, intentó escapar de semejante criatura de pesadilla. No pensó en las lágrimas que veía todavía en su rostro, sino en esa forma monstruosa de araña que era de la cintura para abajo. Pero no llegó muy lejos… Con un salto prodigioso, Marjugla se colocó entre él y la moto y sujetándolo con sus pequeños brazos humanos, que tenían una fuerza increíble lo inmovilizó haciéndole presa en el cuello. 
- Tú eras el que esperaba – le dijo una vez que lo tuvo en el suelo -. ¡¡Quiero que te quedes conmigo!!
- ¡¡No!! ¡¡Esto no está pasando, no es real!! – eso fue todo lo que logró articular David en su desesperación, mientras intentaba zafarse del poderoso agarre de Marjugla.
- Quiero que seas mío. Estarás conmigo. No pasará nada. El dolor será sólo pasajero, luego serás como yo – ella lo tenía inmovilizado y las arañas ya habían llegado a él y comenzaban a metérsele por la boca, por la nariz, por el agujero del oído, por cualquier sitio que encontraran intentaban entrar en su cuerpo.

Él seguía forcejeando, como un pez que intenta sacudirse un anzuelo de su boca. Pero no podía con la fuerza de la criatura que estaba enfrentando, aún cuando era un hombre en la plenitud de sus fuerzas. Sentía como las arañas lo iban picando desde dentro, aunque él mordió a muchas y las mató antes de que entraran por su boca. Pero eran demasiadas y comenzaron a sofocarlo. Las arañas le llegaban por la tráquea al estómago, de la nariz a los pulmones y al cerebro, del oído al cerebro también y por todos lados le mordían constantemente en una forma que parecían querer devorarlo desde dentro, sin dejar huesos, sólo la piel. Y las sentía picar y roer, una y otra vez, en su garganta, en sus oídos, en su estómago, en su nariz, todo dentro de él mismo, con un dolor lacerante y punzante en cada nervio de su cuerpo. Intentaba gritar, pero no salían sonidos de su boca. Mientras lo tuviera así, no podía hacer nada. Todavía pensando sus propios pensamientos, razonando en ese instante que se está al borde de la muerte, forcejeando y debatiéndose violentamente, logró desabrochar el estuche de la navaja y abriéndola con descomunal esfuerzo, aun con las manos de la espantosa criatura en su cuello, sacó la cuchilla y le propinó una punzada en el vientre. Ella lo soltó repentinamente, aullando de rabia y dolor por la puñalada recibida, mientras de su herida manaba un fluido verdoso, similar al vómito y lleno de más arañas y de huevos diminutos. Tambaleante, y sangrando desde dentro por las numerosas arañas que seguían mordiéndole y abriéndole los órganos internos, se acercó a la moto. Giró la llave en el tanque de la gasolina, mientras la draña, la espantosa criatura mitad humana y mitad araña, ese horror aberrante en que se había convertido la bella niña Marjugla se le acercaba dispuesta a terminar con él. Extrayendo ahora el yesquero de su estuche en el cinturón, logró encenderlo y con un último y máximo esfuerzo físico, lo lanzó al tanque de la gasolina en el momento en que la aberración ya estaba sobre él. Rodaron sobre la moto con violencia, y la poca gasolina que aun quedaba se derramó, bañando a ambos, entrando en ignición en fracciones de segundo. Al menos moriría siendo humano,  y desaparecería la horrenda criatura. Así, se enfrentaría cual fuera el destino que le aguardara después de la vida. Agonizando por las quemaduras que estaba recibiendo alcanzó a ver como la draña, también incendiada y aullando de dolor y furia se dirigía hacia la casa y comenzaba a prender fuego, en su loca huída a todo lo que quedaba de eso. Luego sintió que el dolor iba cediendo. Ya no le dolían las quemaduras, aunque todavía podía ver su piel ardiendo y reventando en dolorosas ampollas causadas por la combustión. Ya no sentía las mordidas internas, agudas y punzantes, de las arañas diminutas que amenazaron con convertirlo en una aberración horrorosa. Podía escuchar a la draña aullando, lanzando gritos desgarradores y quemándose viva, prendiendo fuego a todo lo que estaba a su alrededor. Luego sintió sueño… Una paz que no había experimentado excepto cuando viajaba constantemente por su querido país. Y sin más, todo acabó.



FIN

jueves, 1 de octubre de 2015

La draña (Pt. 1)


Existen en este mundo una gran y enorme cantidad de horrores, muchos de ellos conocidos únicamente por personas cuya curiosidad es incontrolable o cuyo deseo de conocimientos los mantiene en una constante mortificación mental. Así, cual nuevo Prometeo, esas personas se sumergen en las búsquedas más terribles y terminan desatando terrores sobre la humanidad, sin que exista un Zeus para encadenar al transgresor, sea este intencionado o no. Los ojos pueden derramar lágrimas, luego sangre, luego el alma entera y aún seguirán esas personas creyendo que las cosas que han hecho han sido para bien de sus semejantes. Sin embargo, muchas de esos terrores mundanos se descubren enteramente por accidente, como en la historia que se ha de revelar ahora.
En las largas y desoladas planicies de la zona sur del estado Anzoátegui los viajeros se encuentran con terrenos en apariencia fértiles, por hallarse en las márgenes del gran río Orinoco. En efecto, lo que separa al estado Bolívar de Anzoátegui es precisamente ese vasto río. Aun así,  por esos caminos desamparados, muy poca es la lluvia que cae, y del mismo modo, escasos son los campos de cultivo de grandes extensiones. Lo que más llena el panorama son zarzas y malezas de distintos tipos, unas especies de plantas egoístas que al verlas en un jardín corriente, una persona no dudaría en arrancarlas, pero de las pocas que son capaces de sobrevivir a un clima tan seco y árido. A medida que el viajero avanza hacia el corazón de esa zona agreste, la vegetación del camino se torna más amarillenta, perdiendo el verdor y la exuberancia que tiene todavía en las cercanías del río. No se ven por ningún lado cerros o montañas imponentes; todo es un terreno en apariencia llano, pero realmente muy accidentado, al menos en esa parte, decorado ocasionalmente con hectáreas enteras de pinos y esas otras invenciones humanas de espantoso efecto para cualquier paisaje: taladros petroleros, balancines y torres de comunicación. Estos artilugios, lejos de alegrar la vista señalando con su presencia la mano del hombre, dan un aspecto más yermo a una carretera que ya es bastante inhospitalaria. No son casas de aspecto hogareño, al contrario; son construcciones, levantadas por el hombre, al igual que una casa, pero con un mutismo hermético y metálico, especialmente en el caso de las torres y los balancines, que en vez de ser como una persona con los brazos abiertos y sonriente, es como si se tratara de un ser huraño y hosco, que mira a los demás con una desconfianza absoluta y es incapaz de ofrecer la menor ayuda a quien lo necesite. Por añadidura, otros objetos que evidencian el abandono de esos caminos, un abandono no de personas, pues transitan por ellos, sino de sentimientos, son los numerosos esqueletos de automóviles que tanto abundan por allí, producto indudable de los frecuentes accidentes o de malhechores que se dedican a desmantelarlos para su provecho, habiendo despojado o incluso asesinado para ello a sus legítimos propietarios. ¡Los buitres siempre buscan los desiertos para hacer su roñoso negocio! Pero mientras estos son animales sin maldad, que esperan a que su presa esté muerta para disponer de ella, los buitres de la humanidad son capaces de forzar las circunstancias y repartir muerte sin pensar en más consecuencias que el beneficio que obtendrán de ello.


 La gente que viaja por esa carretera y otras similares, que llenan ese y muchos otros estados de Venezuela, se apresura a salir cuanto antes, llevando sus vehículos a límites insospechados, con tal de llegar a la ciudad más próxima y dejar toda esa soledad atrás. 

De ciudades importantes, el estado Anzoátegui no carece, pero no es en el mundo civilizado donde se descubren las verdaderas entrañas de lo siniestro. Las tripas del mundo de la oscuridad se retuercen y enroscan continuamente en sitios poco frecuentados, donde muchos seres humanos se encuentran en un terco aislamiento, voluntario o no, o donde no existe o se revela su presencia en absoluto. ¿Sería igual que la temible y aprehensiva llanura de Salysbury, en Inglaterra, estuviera cerca de algún poblado? ¿Implicaría el mismo terror que el centro del Triángulo de las Bermudas estuviera cerca de algún archipiélago exótico? Los horrores de este mundo no se manifiestan sino al margen de la civilización.
Si alguien se encuentra viajando más allá de El Tigre, una de las ciudades importantes del estado, por la vía hacia el pueblo llamado Pariaguán sentirán una sensación de aislamiento y soledad similares a las que se experimentan viajando por alguno de los caminos ya descritos. Y se incrementaría al ver la escasa vegetación que existe en ese tramo. Una vez pasado el pueblo, cuya gente es aceptablemente gentil y cariñosa, el viajero se encaminará hacia Valle de la Pascua, en el vecino estado Guárico, a cientos de kilómetros. Pero no es hacia este valle de nombre tan bello y sugerente hacia donde se encaminaría una persona que busque experiencias nuevas o sitios desconocidos, pues Valle de la Pascua es una ciudad famosa por sus ferias y fiestas y, aunque hermosa y acogedora, no ofrece gran cosa al buscador, si este ya ha estado allí. No, dicho buscador, por placer o curiosidad, tomará cualquier desvío anterior, a ver a donde le lleva ese camino incierto y desconocido. Todo con el afán de descubrir lugares nuevos o por satisfacer una  hormigueante curiosidad, que como un jinete impaciente, hace galopar el caballo de su espíritu hasta que sus lastimados costados manan sangre y el sudor cubre por completo su cuerpo.
Por una de esas carreteras, viajaba ahora un motociclista solitario, víctima involuntaria de esa insaciable sed de conocimientos. Su nombre era David Gabriel y con sus 26 años, ya decía conocer más de Venezuela que cualquier otra persona. Iba de un lugar a otro en su inseparable caballo de hierro, una motocicleta tipo chopper, de calidad más que probada. Era oriundo de la región del Centro y recorría el país buscando sitios remotos y desconocidos para otras personas, fuera de las que vivían allí. La solitaria carretera le llamaba, como incitándole siempre y desde hacía cuatro años vagabundeaba por los rincones de su país. Había estado en Mérida, San Cristóbal, las playas del litoral, las montañas de Caripe, así como en muchos pueblos pequeños de todas esas zonas, que ni siquiera aparecen en los mapas, y ahora viajaba por el desconocido, para él, corazón del estado Anzoátegui. 

Había estado en Anaco, El Tigre y Pariaguán y se encaminaba al atardecer, por la carretera a Valle de la Pascua, cuando uno de esos brazos de la misma le presentó una bifurcación. Sabía que si mantenía su curso actual llegaría una vez más a Valle de la Pascua. Pero como las fiestas de ese lindo pueblo aún estaban a unos días de distancia, decidió entretenerse explorando. Y el camino, con su encrucijada ante él, no podía ofrecerle una mejor alternativa para su mente siempre ávida de nuevos lugares y para su corazón añorante del Infinito Andar. Sin vacilar, tomó la bifurcación que se le presentaba.
¿Cómo podía alguien tan joven viajar así? Bueno, David provenía de una familia adinerada, que residía en la ciudad de Maracay, en Aragua. Pero aun así eso no era suficiente explicación, pues se vería como una especie de hijo pródigo, que pidió su herencia anticipadamente para dedicarse a los placeres de la vida. Nada más lejos de la realidad. A sus 18 años le regalaron su moto, cuando estaba a punto de entrar a la universidad. A los 22 se había graduado de la misma, con un título de Ingeniero Mecánico y menciones honoríficas. Durante 6 meses trabajó en una gran empresa, pero no era lo que deseaba, aunque ganaba buen dinero. Decidió hacer un viaje hacia Mérida, en busca nuevos horizontes y allí fue donde le tomó placer a recorrer caminos y conocer nuevas personas. Pero lo que más le impulsaba era la posibilidad de poder frecuentar nuevos sitios, experimentar y aprender las costumbres de la gente, cuanto más ajenas a las suyas propias, tan refinadas y esnobistas. Eso le causaba un placer inconmensurable. Era el verdadero aventurero en ese sentido. Y ahora, enfundado en su chaqueta de cuero negro, con sus pantalones jean algo gastados y decolorados, con unos anteojos para protegerse del sol y de los insectos, con el viento jugando desacompasadamente con la pañoleta negra que coronaba su frente, surcaba un camino desconocido, rodeado de fundos y campos por todos lados, pero en otros aspectos tan solitario como los que se han descrito antes. Estaba pavimentado de grava mezclada con asfalto y unas que otras piedras de río, usadas con seguridad para rendir dicho asfalto, aunque gastaban mucho más rápido las llantas de cualquier vehículo que cruzara por ella. David recorría la carretera, a la moderada velocidad de 70 Km/h., para disfrutar del paisaje que en esta zona no era tan desolado. A veces, disfrutaba acelerando muchísimo, palpando la emoción de la velocidad, aunque en este momento se recreaba en el paisaje.

En las bolsas laterales de la motocicleta, llevaba un par de mudas de ropa, una brújula, y aunque su teléfono celular contaba con GPS, él rara vez lo usaba para eso, pues pensaba que le quitaba parte del encanto el hecho de saber hacia dónde se dirigía, si aún no había estado allí. También llevaba una botella de agua potable, cuidadosamente envuelta en dos bolsas, para que no se mojara la ropa y además, un estuche de herramientas, para cualquier eventualidad. Tenía consigo, en su cinturón, una navaja del ejército suizo, una Victorinox, siempre útil, especialmente cuando se está fuera de casa y a pesar de que no fumaba, llevaba un mechero refinado, de marca Zippo, allí mismo, en otro estuche. Su chaqueta de cuero era prácticamente impermeable, así que no se preocupaba mucho de la lluvia. Colgado de la parrilla trasera de la motocicleta estaba su casco, que sólo se ceñía cuando avistaba a lo lejos un control vial o alcabala o cuando sabía que estaba por un camino lleno de ellas. En este caso, una ojeada bastó para qué intuyera que este camino no tenía esa clase de cosas. Además, al ser llano y carente casi por completo de vueltas y revueltas, pensaba que podía darse cuenta de cualquier control vial mucho antes de llegar al mismo, colocarse el casco y seguir como si nada hubiera pasado.
También llevaba un bidón para guardar gasolina, amarrado a la parte trasera de la moto. Fue en un momento, cuando había recorrido ya unos 30 kilómetros, que recordó, repentinamente que no había cargado gasolina antes de salir de Pariaguán. Se reprochó a si mismo su descuido, pero luego se tranquilizó pensando en que no debía estar lejos de algún poblado. Además, se veían, como se ha dicho antes, casas y fundos, donde la gente seguramente tendría un poco de gasolina, en caso de que él necesitara. Aminoró un poco más la marcha, pues a la moto ya le quedaba menos de la mitad del tanque y a mayor velocidad, más consumo de combustible. El sol se estaba ocultando ya, de frente a David, cuando este alcanzó otra encrucijada. Había señalización, pero sólo hacia la izquierda, indicando el nombre de San Diego en esa dirección, mientras que hacia la derecha el terreno subía un poco por una colina no muy pronunciada. Sin dudar, tomó el camino hacia San Diego, pero no sabía a qué distancia se encontraba dicho pueblo. Por un instante estuvo tentado de utilizar el GPS, pero luego descartó la idea, diciéndose a sí mismo “¡Juega limpio!”.
Aunque aún  había claridad suficiente, encendió las luces de la moto, pues el anochecer se acercaba sigilosamente, con una luna tempranera a sus espaldas y el sol ya completamente oculto. Una luz crepuscular bañaba todo el paisaje alrededor de la carretera, dejando parches de claridad en las zonas más descubiertas y permitiendo que el viento se sintiera levemente entre los árboles, más como un susurro que como el aullido estremecedor que es común en las zonas llanas. Comenzó a sentirse algo inquieto, por el hecho de aún no haber llegado al pueblo de San Diego. En la lejanía se distinguía una alta torre de comunicaciones, con sus colores blanco y rojo desvaneciéndose lentamente en la oscuridad. Mucho más allá, hacia el norte, a unos 60 kilómetros, según los cálculos de David, se veía un resplandor rojizo, como una antorcha, pero de gigantescas proporciones. Recordó que había visto, a lo largo de sus muchos viajes, quemadores que utilizaban en las refinerías de petróleo y como esta era una zona petrolera no se extrañó del hecho. Al contrario, se renovaron sus esperanzas, pero al mismo tiempo volvió la inquietud, pues con lo que le quedaba de gasolina no sería suficiente para llegar. Entonces tomó una decisión: En el próximo campo o fundo, entraría a pedir un poco de gasolina. Pagaría bien por ella, pues contaba con una cantidad suficiente de dinero en su cartera.