lunes, 9 de noviembre de 2015

Reseña de Cosmos



Sinopsis:

La época actual es una encrucijada histórica para nuestra civilización y quizás para nuestra especie. Sea cual fuere el camino que sigamos, nuestro destino está ligado indisolublemente a la ciencia. Es esencial para nuestra simple supervivencia que comprendamos la ciencia. Además la ciencia es una delicia; la evolución nos ha hecho de modo tal que el hecho de comprender nos da placer porque quien comprende tiene posibilidades mayores de sobrevivir. La serie de televisión Cosmos y este libro son un intento ilusionado para difundir algunas de las ideas, métodos y alegrías de la ciencia. Carl Sagan.

Sobre el autor:



Carl Sagan nació un 9 de noviembre de 1934, en Nueva York. Realizó sus estudios preparatorios en la Radway High School en New Jersey. A los 20 años se graduó como físico puro y poco después obtiene su doctorado en Astronomía y Astrofísica. Apareció en la comunidad científica como un joven, cuyas conjeturas fascinaban y a su vez amenazaban lo establecido.

Participó activamente en el proyecto Mariner 4, primera sonda en llegar a Marte, en junio de 1965. Su trabajo en la NASA lo combinó como profesor en la Universidad de Harvard. Carl comenzó a colaborar con el científico soviético I. S. Shklovski para debatir científicamente la búsqueda de vida extraterrestre. Estos debates se publicaron en el libro "OVNIS: Un Debate Científico". Sin embargo la conservadora universidad de Harvard no aprobaba estas actividades y le negaron la renovación de su contrato.

Pasó entonces a la Universidad de Cornell en Ithaca, Nueva York. Se convirtió en el director del Laboratorio de Ciencias Espaciales en Cornell, puesto que junto con sus clases en dicha universidad, ocupó por el resto de su vida. En Cornell realizó numerosos experimentos acerca del origen de la vida y confirmó que las moléculas orgánicas base de la vida pueden reproducirse bajo condiciones controladas en el laboratorio.

Participó activamente en el proyecto Apolo 11 en 1969 y en la misión Mariner 9 a Marte, la cual estaba diseñada para orbitar el planeta y de las cuales se dedujo que alguna vez pudo albergar vida. Igualmente formó parte de los proyectos Pionneer y Voyager, sondas que, después de explorar los planetas más alejados del sistema solar, debían viajar indefinidamente por el universo. En cada una de estas naves Sagan incluyó un disco de oro con información acerca de la vida en la tierra, fotos, sonidos, saludos en distintas lenguas, y las ondas cerebrales de una mujer de la tierra (Ann Druyan, luego su esposa).

También fue por la insistencia de Sagan que las Voyager fotografiaron la Tierra desde las confines del sistema solar. Fue cofundador y presidente de la Sociedad Planetaria, la mayor organización con intereses espaciales en el mundo.

Criticó a las grandes potencias por producir armamento nuclear. Formó parte activa en la erradicación de los CFC y otros programas de protección ecológica. Fue cofundador del Comité Para la Investigación Escéptica de los Fenómenos Paranormales (CISCOP).

Mantuvo una oposición y crítica constante en contra de las pseudo-ciencias, En su libro El mundo y sus demonios, las critica dúramente, al igual que a las religiones. Estudió el origen de los organismos con los genetistas Hermann J. Muller y Joshua Lederberg. Trabajó como astrofísico en el Observatorio Astrofísico Smithsoniano desde 1962 hasta 1968.

Dedicó la mayor parte de su vida a divulgar las ciencias. Publicó numerosos libros y artículos en revistas y diarios. Su amplio conocimiento del cosmos hizo posible su explicación con palabras sencillas. Uno de sus primeros libros, Los Dragones del Edén, publicado en 1978, fue galardonado con un premio Pulitzer.

En 1979 tuvo la gran idea de utilizar el medio de comunicación más atrayente y masivo para divulgar la cosmología, la historia y la astronomía: la televisión. A través de ella llevó a miles de personas a un fascinante viaje por el universo en la serie "Cosmos" de la cual también se publico uno de sus más populares libros. La serie ganó 3 premios Emmy y un Peabody, y se convirtió en la serie científica de mayor éxito en toda la historia de la televisión.

Fue un científico de mente abierta, fascinado por las estrellas, y el misterio de la vida. Lideró proyectos como el SETI (Búsqueda de inteligencia extraterrestre). Tras diagnosticársele una enfermedad llamada mielodisplasia, comenzó una agonizante y fatal etapa en la vida de Sagan. Fue sometido en tres ocasiones a transplante de médula ósea y quimioterapia la última de ellas en 1995. En la madrugada del 20 de diciembre de 1996 murió a los 62 años, en Seattle, a causa de una Neumonía.

Mi opinión y reseña:

Este libro es magnífico. Puedo decir que llegó muy hondo en mi mente y mi entendimiento, así como en mi corazón. Planeado como complemento a la serie de televisión del mismo nombre transmitida en los años 80, creo que fue mucho más allá. Es un viaje tremendo hacia la grandeza del Cosmos, hacia lo inconmensurable, ya sea en las estrellas y galaxias y también hacia lo infinitesimalmente pequeño: los átomos que forman todas las cosas y también a nosotros. De la mano de Carl Sagan, recorremos un largo camino, por medio de la historia, pero también por la evolución de los seres vivos, conjeturas sobre su origen y también sobre su posible destino. Mucho hay en el libro de los deseos y anhelos de su autor, algunos de los cuales han seguido realizándose: exploración espacial, recientemente las naves que tomaron y transmitieron imágenes de Plutón, así como el actual descubrimiento de la NASA de la existencia de agua en Marte; mientras que otros no tanto: desarme nuclear, al cual muchas naciones aun colocan objeciones y buscan excusas para lograr lo opuesto, clima desestabilizado, un hecho que algunos países industrializados, por intereses mezquinos aun se empeñan en negar. El Dr. Sagan tenía unas grandes y positivas expectativas de los seres humanos y siento que todavía estamos a tiempo de lograr muchas de las enormes cosas que él imaginaba para nuestro futuro, nada distópico o apocalíptico, si seguíamos los pasos correctos.

Con 13 capítulos, cada uno llamado igual que su correspondiente en la serie de TV, su autor propone hacer que la ciencia llegue a todo mundo. No en vano es considerado el mayor divulgador científico del siglo XX. En sus palabras: cada episodio de la serie televisiva sigue con bastante fidelidad el correspondiente capítulo de esta obra; y me gusta imaginar que el placer proporcionado por una obra aumentará gracias a las referencias que da sobre la otra.. Los capítulos tratan temas distintos, pero se entrelazan unos con otros y que buscan llevar al lector a una comprensión exhaustiva de la grandeza del Cosmos, (EL COSMOS ES TODO LO QUE ES O LO QUE FUE O LO QUE SERÁ ALGUNA VEZ.”) las leyes de la Naturaleza y la física, la importancia de la exploración espacial, conceptos que muchos dicen comprender, como la Relatividad propuesta a comienzos del siglo XX por Albert Einstein, pero que en realidad sólo se conocen de manera superficial; y también nos lleva de paseo por las concepciones de diversas culturas sobre los orígenes del Universo e incluso la vida. Todo ello siempre sin menospreciar dichas culturas, aunque él (Carl Sagan) pudiera no estar de acuerdo con estos planteamientos, las abordaba con respeto. La intención del libro queda manifestada en su capítulo final: Hacernos caer en cuenta de lo lejos que nos ha llevado la ciencia y sus métodos y que podamos ver  que ella, al ser una herramienta, puede ser utilizada para bien o para mal. Esto depende enteramente de nosotros. En su actualización a la serie de TV, hecho 10 años después (en 1990), él se expresó de la siguiente manera (Actualización - Capítulo 13: ¿Quién habla en nombre de la Tierra?):

Mi mayor emoción al revivir esta aventura no ha sido sólo el haber completado con naves espaciales el reconocimiento preliminar del todo el sistema solar. Y no sólo el que hayamos descubierto estructuras asombrosas en el reino de las galaxias, sino especialmente que algunos de los audaces sueños de Cosmos sobre este mundo se están haciendo realidad. Desde el viaje inaugural de esta serie han sucedido cosas imposibles: los grandes muros que sostenían diferencias ideológicas insuperables se han desmoronado,  enemigos acérrimos se reconciliaron y comenzaron a trabajar conjuntamente. El imperativo de valorar la Tierra y proteger el entorno global que nos sustenta ha sido ampliamente aceptado. Y, finalmente, comenzamos el proceso de reducción del obsceno número de armas de destrucción masiva. Quizás, después de todo hemos decidido escoger la vida

En fin, un libro totalmente recomendable para aquellas personas que, sin ser científicos, desean aprender y, como yo, se encuentran en una perenne búsqueda de conocimientos.

Como se me ha hecho costumbre, subrayé (con la función del kindle), algunos pasajes del libro que me parecieron particularmente importantes. Acá se los dejo.

“La astronomía es una ciencia: el estudio del universo como tal. La astrología es una seudociencia: una pretensión, a falta de pruebas contundentes, de que los demás planetas influyen en nuestras vidas cotidianas. En tiempos de Tolomeo la distinción entre astronomía y astrología no era clara. Hoy sí lo es.”

En mi país y en estos tiempos, todavía existe gente que no sale a la calle sin leer el horóscopo o ver en la TV (con una gran devoción) cualquiera de tantos programas sobre esto mismo, donde un hombre o mujer X está dando predicciones y “leyendo” el tarot para cada signo. En mi opinión, la creencia en las seudociencias y las supersticiones sólo trae atraso. Y para muestra, sólo busquen “situación en Venezuela 2015” en google o algo similar.

“Las principales fuentes de energía de nuestra actual civilización industrial son los llamados carburantes fósiles. Utilizamos como combustible madera y petróleo, carbón y gas natural, y en el proceso se liberan al aire gases de desecho, principalmente CO2. En consecuencia el dióxido de carbono contenido en la Tierra está aumentando de un modo espectacular. La posibilidad de que se dispare el efecto de invernadero sugiere que tenemos que ir con cuidado: incluso un aumento de uno o dos grados en la temperatura global podría tener consecuencias catastróficas. Al quemar carbón, petróleo y gasolina, también introducimos ácido sulfúrico en la atmósfera.”

“Pero también hemos estado perturbando el clima en el sentido opuesto. Durante cientos de miles de años los seres humanos han estado quemando y talando los bosques, y llevando a los animales domésticos a pastar y a destruir las praderas. La agricultura intensiva, la deforestación industrial de los trópicos y el exceso de pastoreo son hoy desenfrenados. Pero los bosques son más oscuros que las praderas, y las praderas lo son más que los desiertos. Como consecuencia, la cantidad de luz solar absorbida por el suelo ha ido disminuyendo y los cambios en la utilización del suelo han hecho bajar temperatura de la superficie de nuestro planeta. Es posible que este enfriamiento aumente el tamaño del casquete de hielo polar, el cual con su brillo reflejará aún más la luz solar desde la Tierra, enfriando aún más el planeta y disparando un efecto de albedo.”

Un llamado de atención, desde los años 80, sobre el efecto invernadero, que es una realidad, pero que muchos países se contentan con ignorar o peor aún, negar. Es necesario buscar fuentes de energía alternativas, más limpias, pero dado que esto afecta el bolsillo de muchas corporaciones, en vez de ayudar con esto, se encuentran haciendo esfuerzos por retrasarlo.

“Nuestro encantador planeta azul, la Tierra, es el único hogar que conocemos. Venus es demasiado caliente, Marte es demasiado frío. Pero la Tierra está en el punto justo, y es un paraíso para los humanos. Fue aquí, al fin y al cabo, donde evolucionamos. Pero nuestro agradable clima puede ser inestable. Estamos perturbando nuestro propio planeta de un modo serio y contradictorio.”

“Nos embarcamos en nuestro viaje cósmico con una pregunta formulada por primera vez en la infancia de nuestra especie y repetida en cada generación con una admiración inalterada: ¿Qué son las estrellas? Explorar es algo propio de nuestra naturaleza. Empezamos como pueblo errante, y todavía lo somos. Estuvimos demasiado tiempo en la orilla del océano cósmico. Ahora estamos a punto para zarpar hacia las estrellas. ”

La ciencia se alimenta de preguntas y también de respuestas que vayan en consonancia con los hechos. Si al analizar los datos aportados por los hechos, estos contradicen una teoría, no importa cuánto nos guste o nos agrade, debemos desecharla y plantear una nueva.

“Cada cultura tiene un mito sobre el mundo antes de la creación, y sobre la creación del mundo, a menudo mediante la unión sexual de los dioses o la incubación de un huevo cósmico. En general se supone, de modo ingenuo, que el universo sigue el precedente humano o animal. He aquí, por ejemplo, cinco pequeños extractos de tales mitos, en niveles diferentes de sofisticación, procedentes de la cuenca del Pacífico:
Al principio de todo, las cosas estaban descansando en una noche perpetua: la noche lo oprimía todo como una maleza impenetrable.
El mito del Gran Padre del pueblo aranda de Australia Central
Todo estaba en suspenso, todo en calma, todo silencioso; todo inmóvil y tranquilo; y los espacios del cielo estaban vacíos.
El Popol Vuh de los mayas quiché
Na Arean estaba sentado solo en el espacio como una nube que flota en la nada. No dormía porque no había el sueño; no tenía hambre porque todavía no había hambre. Estuvo así durante mucho tiempo, hasta que se le ocurrió una idea. Se dijo a sí mismo: Voy a hacer una cosa.
Mito de Maia, islas Gilbert
Hubo primero el gran huevo cósmico. Dentro del huevo había el caos, y flotando en el caos estaba Pan Gu, el No desarrollado, el Embrión divino. Y Pan Gu salió rompiendo el huevo, cuatro veces más grande que cualquier hombre actual, con un martillo y un cincel en la mano con los cuales dio forma al mundo.
Mitos de Pan Gu, China, hacia el siglo tercero
Antes de que el cielo y la tierra hubiesen tomado forma todo era vago y amorfo... Lo que era claro y ligero se desplazó hacia arriba para convertirse en el cielo, mientras que lo pesado y turbio se solidificó para convertirse en tierra. Fue muy fácil que el material puro y fino se reuniera, pero muy dificil que el material pesado y turbio se solidificara. Por eso el cielo quedó completado primero y la tierra tomó su forma después. Cuando el cielo y la tierra se unieron en vacuidad y todo era una simplicidad tranquila, las cosas llegaron al Ser sin ser creadas. Esta fue la Gran Unidad. Todas las cosas salieron de esta Unidad pero todas se hicieron diferentes.
Huainan Zi, China, hacia el siglo 1 a. de C.

Estos mitos demuestran la audacia humana. La diferencia principal entre ellos y nuestro mito moderno científico del big bang es que la ciencia se autoexamina y que podemos llevar a cabo experimentos y observaciones para comprobar nuestras ideas. Pero estas otras historias de creación son merecedoras de nuestro profundo respeto.”

Fíjense como, aunque Carl Sagan pudiera considerar simples fábulas estos mitos de la creación,  o incluso rechazarlas abiertamente con profundo desdén,  él mismo admite que son merecedoras de respeto.

“Hay una idea extraña, atrayente, evocativa, una de las conjeturas más exquisitas de la ciencia o de la religión. Es una idea totalmente indemostrada; quizás no llegue a demostrarse nunca. Pero excita enormemente. Se nos dice que existe una jerarquía infinita de universos, de modo que si penetramos en una partícula elemental, por ejemplo un electrón de nuestro universo, se nos revelaría como un universo enteramente cerrado. Dentro de él, organizadas como el equivalente local de galaxias y estructuras más pequeñas, hay un número inmenso de otras partículas elementales mucho más diminutas, que a su vez son universos en el nivel siguiente, y así indefinidamente: una regresión infinita hacia abajo, sin fin. Y lo mismo hacia arriba. Nuestro universo familiar de galaxias y estrellas, planetas y personas, sería una única partícula elemental en el siguiente universo superior, el primer paso de otra regresión infinita.

Esta es la única idea religiosa que conozco que supera a la del número sin fin de universo cíclico infinitamente viejo de la cosmología hindú. ¿Qué aspecto tendrían estos otros universos? ¿Estarían construidos sobre leyes físicas distintas? ¿Tendrían estrellas y galaxias y mundos, o algo muy distinto? ¿Podrían ser compatibles con alguna forma de vida inimaginablemente distinta? Para entrar en él tendríamos que penetrar en cierto modo en una cuarta dimensión física: la empresa desde luego no es fácil, pero quizás un agujero negro nos abriría el camino. Es posible que existan pequeños agujeros negros en la cercanía del Sol. Después de balanceamos en el borde de la eternidad, saltaríamos fuera...”

Algo como esto puede verse en las dos primeras películas de la saga de Men in Black, donde aparecen alienígenas, al final de la primera parte, jugando con galaxias contenidas en canicas o, también al final de la segunda parte, cuando el personaje de K, interpretado por Tomy Lee Jones, abre un armario que supone la puerta de entrada-salida a otro universo y que previamente se había visto algo similar en la película. Obviamente con el toque humorístico y ficticio de Hollywood.

“Por lo tanto, si bien nos preocupa la posible falta de confianza en la estimación de los primeros factores de la ecuación de Drake, que dependen de la astronomía, la química orgánica y la biología evolutiva, la principal incertidumbre afecta a la economía y la política y lo que en la Tierra denominamos naturaleza humana. Parece bastante claro que si la autodestrucción no es el destino predominante de las civilizaciones galácticas, el cielo está vibrando suavemente con mensajes de las estrellas.”

Aquí, nos habla de la posibilidad de vida fuera de la Tierra, de acuerdo a los posibles factores de la ecuación de Drake. Aunque muchos de ellos son estimados, e incluso bastante difíciles de conjeturar, Sagan la resuelve con dos posibles resultados: 10 o simplemente millones de civilizaciones técnicas en nuestra galaxia. ¿Por qué no hemos sido contactados? Algunos afirman que si (teóricos de los antiguos astronautas, Georgio Tsukalos, entre otros). Pero no hay evidencia indiscutible al respecto. Tal vez son sólo 10. Tal vez son millones y no podemos escucharlas porque no sabemos exactamente la forma de hacerlo. O quizás las distancias en el universo son demasiado grandes y el límite de velocidad cósmico, la velocidad de la luz, hace imposible que tengamos contacto con otras civilizaciones extraterrestres. Sea cual sea la respuesta, podemos profundizar en este tópico con ayuda del método científico o seguir tanteando, como si fuésemos ciegos pudiendo ver.

“Pero la lección darwiniana es clara: no habrá humanos en otros lugares. Solamente aquí. Sólo en este pequeño planeta. Somos no sólo una especie en peligro sino una especie rara. En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso. Si alguien está en desacuerdo contigo, déjalo vivir. No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias.”

Una vez más, queda patente la postura de Carl Sagan, de que somos únicos y que los desacuerdos no deben traer mayores consecuencias.

“Para poder sobrevivir tenemos que ampliar todavía más el ámbito de nuestra lealtad para incluir a la comunidad humana entera, a todo el planeta Tierra. Muchos de los que gobiernan las naciones encuentran desagradable una idea así. Temerán perder poder. Tendremos ocasión de oír muchos discursos sobre traición y deslealtad. Las naciones Estado ricas tendrán que compartir su riqueza con las pobres. Pero nuestra alternativa, como dijo H. G. Wells en un contexto diferente, es claramente o el universo o nada.”

En este párrafo, el autor afirma que deben hacerse cambios a gran escala a fin de que la Humanidad se una como especie. Debemos dejar de lado las cosas que nos dividen y establecer una equidad en la tierra, a fin de que seamos TERRANOS y no únicamente peruanos, venezolanos, chilenos, españoles, entre muchas otras nacionalidades de la tierra. Eso sí, sin olvidar las culturas de cada zona o región, siempre atesorando esto.

La frase magistral con la que cierra el libro:

“Nosotros hablamos en nombre de la Tierra. Debemos nuestra obligación de sobrevivir no sólo a nosotros sino también a este Cosmos, antiguo y vasto, del cual procedemos.”

Y finalmente, una de mis favoritas, tanto de la serie como del libro:

“Éstas son algunas de las cosas que los átomos de hidrógeno hacen si se les da quince mil millones de años de evolución cósmica.”

¿Un poco largo este artículo? Si, y sin embargo, no es nada comparado con la inmensidad del Cosmos.






viernes, 2 de octubre de 2015

La draña (Pt. 2, final)

No había recorrido un trayecto muy largo cuando se le presentó la ocasión. A su derecha, por la carretera estaba una cerca abierta y no muy lejos, a unos 400 metros se hallaba una casa. 

Podía distinguir, aún en la penumbra creciente, sombras de tanques de almacenamiento y tenía la esperanza de que uno de ellos fuera de Gasolina. Y esta esperanza no era infundada, pues conocía que para el trabajo de campo se requiere maquinaria, que muchas veces necesita algo de gasolina o gasoil para funcionar. El gasoil, o combustible diesel, es el más común para este tipo de máquinas, pero muchas veces también se tiene gasolina, para los automóviles o los generadores portátiles, que funcionan mejor o únicamente con esta. La cerca del fundo estaba en sombras, pues no había alumbrado de ningún tipo, pero en la casa se distinguía algo de luz. La puerta hacia el  terreno estaba abierta y esto le extrañó un poco, pero no le preocupó realmente. Reduciendo drásticamente la velocidad, por si había baches en la entrada, se enfiló hacia ella con decisión. Un soplo de viento frío se le metió por debajo de la chaqueta, provocándole un estremecimiento leve, al cual no dio importancia.
Tampoco había alumbrado en el camino de tierra hacia la casa, pero la oscuridad aún no era total y además, contaba con el potente faro de la moto para iluminarse. La casa aparecía como una construcción muy bien hecha, elaborada con bloques y concreto, pero a medida que se acercaba esta impresión se fue desvaneciendo. 

Estaba hecha con bahareque, barro y paja mezclados con agua para formar una especie de pasta, que se fortalece con travesaños de madera dispuestos de forma horizontal; un material que aunque parece frágil es en realidad muy duradero, ya que resiste bien los temblores de tierra y la misma lluvia. El techo era de zinc, en forma triangular del que se llama “de dos aguas”. El hecho de que estuviera hecho de metal debía hacer que fuera algo calurosa, pero poseía una elevación sustancial, lo que haría que el calor del sol se mantuviera arriba, mientras los que estaban dentro, a unos 5 metros debajo de este techo, se encontrarían a una temperatura relativamente fresca y agradable. La casa tenía un pasillo o corredor a modo de porche, donde se apreciaban vigas de madera que cumplían la función de columnas y el piso parecía entarimado igualmente con este material.
Lentamente, David fue acercándose por el camino, hasta que a pocos metros de la casa algo le hizo detenerse. Allí, frente a la misma estaba un columpio improvisado, en el cual en ese momento se mecía una niña sentada. El columpio chirriaba de forma lastimera y sonaba como un gemido largo y prolongado, inusualmente fuerte. Las cadenas, en el sitio donde lo sujetaban al travesaño o poste metálico horizontal parecían desgastadas y oxidadas. El chirrido estridente se podía oír incluso por encima del retumbante y mecánico ruido que hacía el motor de la motocicleta, fuerte incluso a baja velocidad. La niña que se balanceaba en dicho artefacto era muy hermosa: de piel blanca, aunque levemente pálida, y no sobrepasaba con seguridad las 11 primaveras. Su cabello negro se movía con el vaivén del columpio y combinaba mucho con sus ojos café que no dejaban de observar al desconocido visitante, pero sin reflejar miedo, sólo una creciente curiosidad. La pequeña andaba descalza y sus pies apenas rozaban el suelo, estando notablemente limpios y siendo de tamaño proporcionado al de ella, ni muy grandes ni excesivamente pequeños. Vestía una sencilla bata de color rosado suave que le cubría la parte superior del cuerpo y llegaba hasta por debajo de las rodillas.
- Hola – dijo ella moviendo lentamente la mano en ademán de saludo hacia David y con una voz tierna - ¿A quién buscas?
- Hola, muchachita – respondió David desmontando de la moto, apagándola y acercándose un poco -. ¿Está tu papá o tu mamá?
- No – fue la respuesta -. Los dos andan para el pueblo.
A David le sorprendió gratamente la forma de hablar de la niña. Tranquila, pausada, y con una excelente modulación, nada parecido al hablar cotidiano del campesino, cuya pronunciación a menudo es imperfecta, seca y cortante. Mirando alrededor notó una vez más que la casa tenía las luces encendidas aunque aparentemente sólo en una habitación hacia la parte posterior. Otra ráfaga de viento llegó repentinamente y trajo con ella un olor muy peculiar, el del mastranto que tanto abundaba en las llanuras, pero también se percibía, muy lejano, el olor de algún animal muerto. La niña no dejaba de mirar a David, sonriéndose, aunque había detenido el movimiento del columpio apoyando con suavidad uno de sus pies en la tierra. Ahora que estaba más cerca, sin embargo, se acentuaba mucho más esa palidez marmórea que tenía ella, y que contrastaba grandemente con el color rosado de su bata. Por un instante David pensó que era por la falta de luz del sitio donde estaba y se imaginó que todo estaría bien si hubiera más iluminación o que quizás los colores deberían invertirse, el rosado en las mejillas de la beba y el blanco en su bata.
- ¿Volverán pronto? – volvió a preguntar para romper el silencio incómodo que se había acentuado en el aire.
- No lo se – contestó la nena ahora apartando la mirada y desviándola hacia el oeste, la dirección que llevaba David antes de entrar al rancho - ¡Ya deberían estar aquí! ¿Para que los buscas?
- Es que necesito un poco de gasolina, que quisiera comprarle a tu papá, al menos para llegar hasta San Diego - respondió colocando la llave en la tapa del taque de combustible.
- Ahh… Bueno, él podría vendértela. Pero tendrás que esperarlo, pues él es quien sabe cómo operar la bomba.
- ¡Fino! – exclamó David sintiendo un alivio dentro de su pecho. Recordaba que no había visto, en lo que llevaba por esta carretera más de dos automóviles y siempre es difícil que alguien se detenga para ayudar a un perfecto desconocido y mucho más que ceda una parte de su combustible para que funcione una moto. - ¿No importa si los espero aquí?
- ¡Claro que no! – dijo la nena bajando del columpio y cayendo diestramente en el pasillo de la casa -  Pero deberías esperar dentro conmigo, pues estoy enfermita y no debo estar fuera tanto tiempo con el sereno.
- ¿Y no se molestarán tus padres porque yo esté dentro? – preguntó David sintiendo una incomodidad repentina. No quería estar afuera, pero estar dentro de una casa desconocida, con una niña tan jovencita podría fácilmente malinterpretarse.
- ¡Para nada! – dijo la nene con una risa – Más bien les diré que me cuidaste y así te regalarán la gasolina.
David dudó por un momento. No era algo habitual, pero la necesidad apremiaba. Y ahora comenzaba a levantarse el sereno, el frío húmedo de la noche, el cual, indistintamente de su excelente chaqueta de cuero, podría perjudicarlo. No sería la primera vez que se enfermaba en el camino, pero si podía evitarlo, mejor para él y más aún si estaba tan lejos de casa. Recordaba que no tenía medicinas en la moto y como la niña permanecía en la puerta, con la mano extendida invitándolo a entrar, entonces se sacudió esas dudas, que quizás no tenían fundamento alguno y decidió entrar con ella y esperar en la casa.
La sala a la que entró junto con la niña no estaba iluminada, excepto por un débil resplandor amarillento que se filtraba por debajo de la puerta del cuarto al fondo. La chiquilla conocía bien todo lo que estaba en este recibidor, pues no tropezó ni una vez, pero David se dio en las piernas con una silla de mimbre. La niña, dando la vuelta lo miró y soltó una risita fugaz y le recomendó cuidado. Luego, encendió la luz pasando un interruptor. A aquella luz amarilla, David pudo detallar mejor a su pequeña anfitriona, así como la estructura interna de la casa. La pequeña mediría como un metro y cuarenta centímetros, más o menos y tenía el cabello a la altura de los codos. Sus ojos estaban algo enrojecidos, como si hubiera estado llorando, pero él lo asoció con la enfermedad que dijo tener. Tenía ojeras muy marcadas y los párpados algo hinchados, quizás por no dormir del todo bien. La palidez de su rostro y sus brazos causó más desconcierto en la mente de David ahora a la luz de ese bombillo incandescente, pero ya estaba prevenido contra ello, pues ahora todo lo que veía de anómalo en la chiquita lo achacaba a la enfermedad que decía estar padeciendo ella. Sus labios, algo carnosos y protuberantes para su edad, eran sonrosados y acentuaban mucho más la lividez del rostro.
La sala era amplia y con el techo bastante alto, hecho de zinc pero con vigas de madera gruesa para soportar la estructura de la casa. El suelo seguía siendo de madera, pero estaba alfombrado parcialmente. Tres puertas más señalaban otras tantas habitaciones, aunque una de ellas parecía dar a la parte trasera de la casa y no algún cuarto, mientras que cerca de esta puerta había una baranda o balaustrada, como defensa de una escalera descendente, que daría a un posible sótano. Entre el mobiliario existente, se hallaban varias sillas de mimbre, entre las que estaba aquella con que había tropezado David. Alrededor de una mesa de madera, había tres sillas de madera, que servían de comedor. La cocina era parte de la misma sala y estaba formada por la estufa de gas, varias alacenas con puertas de cristal y madera, en una de las cuales se alineaban platos y cacharros de cocina y en la otra, productos que no requerían refrigeración, y el fregadero, el sitio para lavar los platos y las ollas una vez usados. No podía faltar el refrigerador, que aunque bastante viejo y algo oxidado, todavía cumplía con su trabajo, aparentemente. Todo alrededor estaba el olor típico de las construcciones de madera y antiguas, que tantas veces le había agradado y animado.
La niña, luego de encender la luz, se dirigió al refrigerador y sacando un vaso, le ofreció agua a su invitado.
-Siéntate donde quieras – le dijo a tiempo que le daba el agua.
Él se sentó en una de las sillas de mimbre. El aire estaba tibio aunque algo cargado, como si tuvieran una chimenea encendida en esta parte de la casa. Era extraño sentir ese calor algo agobiante, después de que afuera se estaba levantando el nocivo frío nocturnal. La niña se sentó al frente, en otra de las sillas de mimbre. Sin dejar de mirar al techo, David se tomó el agua lentamente. Esto lo refrescó un poco. Mientras tanto, la nena no paraba de jugar con los pies, montándolos uno sobre el otro o rascando la alfombra con sus dedos en actitud completamente juguetona.
- ¿Cómo te llamas? – preguntó ella.
- David. ¿Y tú?
- Yo soy Marjugla – dijo tendiéndole la mano.
David le tomó la manita, pero sintió instantáneamente que algo no estaba bien. La mano de ella estaba fría como un trozo de hielo o como un pedazo de metal que ha pasado toda una noche gélida a la intemperie. Se preocupó realmente, pues no sabía qué clase de enfermedad podía tener esa niña. Fuera de todos los rasgos aparentemente anormales que exhibía, ella parecía una niña muy sana. Se movía libremente y hasta con gracia, miraba de forma risueña, se reía y se sonreía y además estaba de un ánimo muy atento. ¿Qué extraña patología podría tener esta pobre criatura? Esa pregunta rondaba la mente de David, mientras aún sostenía la mano de la pequeña. Soltó su mano, pero él se quedó paralizado por la confusión. Y ella pareció verlo en su rostro, pues sólo bajó la mirada.
De pronto, un espasmo sacudió a Marjugla, quien corriendo desesperadamente se acercó al fregadero de la cocina. Parecía estar teniendo una convulsión repentina, que desencadenó en un vómito muy violento. Los ojos parecían salírsele de sus órbitas y se enrojecieron mucho más que antes. David se puso en pie y se acercó al sitio, para ayudar a la chica. Un fluido verdiamarillento, viscoso, con trazas rojizas y negras se resumía en el fregadero y él ayudó a sostener a la chica, desviando la mirada del asqueroso líquido y tomando a la niña por los hombros… Mientras así la tocaba, seguía percibiendo esa frialdad corporal que nunca había sentido o creía que podía sentir en una persona viva. Y se preguntaba ¿qué puede estarle pasando a esta pobre chica? Abrió la llave de agua, para que fluyera y se llevara el repugnante líquido y Marjugla pudiera enjugarse la boca, pero el líquido tardó en salir, luego de un prolongado ruido de succión, que indicaba cierto desgaste en la tubería. Ella, luego de que pasaron las convulsiones de la náusea y el vómito, se lavó la boca y pareció tranquila otra vez, sólo que más pálida que antes.
- Llévame a mi cuarto, por favor. Es el que tiene la luz encendida- suplicó ella.
- ¿Qué tienes, niña? ¿Qué te pasa? – preguntó intentando aparentar una calma y una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir. En efecto, quería llevársela de allí hasta el pueblo, donde pudieran darle asistencia médica o por lo menos un transporte hasta Pariaguán o El Tigre si era posible esto.
- Estoy enfermita… Necesito acostarme. ¡Estaré mejor si me acuesto! – esa fue toda la respuesta que consiguió sacarle.
La llevó a su cuarto. Este contenía únicamente un armario y la cama, así como un crucifijo en la cabecera de la misma. La ventana estaba cerrada y provista de unas cortinas sin decorado. La acostó en la cama y trató de abrigarla, pero no parecía entrar en calor. Se sintió desesperado.
- ¿Por qué estás tan fría?  ¡¡No entiendo!! – exclamó ya al borde de sufrir el mismo un colapso nervioso. Intentaba calentarla y nada tenía efecto. Ella sólo lo miraba.
- Tráeme un poco de agua de la nevera. De la que tiene hojas. Eso me ayudará.
Rápidamente fue a buscar el agua que le había dicho ella. Recogió la jarra y retiró un vaso. El agua era de un color marrón claro y flotaban en ella unas hojas que no pudo reconocer. Al pasar junto al fregadero, vio que habían arañas diminutas nadando en lo que quedaba del vómito, así como unas excrecencias amarillentas, similares a los huevos de arácnidos. Aunque el agua seguía fluyendo desde el grifo, no se había llevado todo el vómito hacia la cañería. Él no había visto antes esas arañas en la superficie del vómito, cuando abrió el grifo. Tampoco había ni una sola tela de araña en la casa. ¿De dónde habrían salido? ¡Y los huevos! Parecían palpitar como si tuvieran vida propia. En efecto, uno de ellos reventó y salió una araña bebé de allí, que ante sus asombrados ojos, se dilató visiblemente, como si creciera y se agrandara.
Este horror fue demasiado para David, que no pudo reprimir una nausea terrible. Dejando caer el frasco que llevaba se apresuró a salir de aquella casa, buscando el sustento del aire libre, deseando no vomitar a toda costa. Pero no consiguió evitarlo y ya afuera, cerca del columpio soltó todo lo que llevaba dentro de su estómago estragado. Dejó que todo saliera, pues sería peor si intentaba reprimirlo. Luego de las terribles arcadas, que dejaron un sabor amargo en su boca, escuchó un llanto, seguido de un estruendo dentro, como si alguien volcara de un golpe todas las sillas de la sala y la mesa de la comida. Pero no tenía mente para preocuparse por nada más que no fuera el mismo en ese momento. Luego de unos instantes que parecieron horas eternas, se acentuó un silencio pesado alrededor y el pudo respirar hondo. Ya se daba vuelta para entrar de nuevo a la casa y llevarse a la niña de allí, cuando escuchó la voz de ella, justo detrás de él en un susurro gutural:
- No tengas miedo...
Más que susurro fue una especie de siseo, lento, pausado, comedido, como el que usaría una persona para calmar a otra. Lentamente se dio vuelta. Lo que vio le hizo pensar que había perdido la razón. Creyó que estaba loco. ¡No podía ser! ¡Esto no podía estar pasando en el mundo que él conocía, que él creía conocer! ¡¡No, todo menos eso!!
Allí estaba el rostro de Marjugla, pálido, con sus ojos enrojecidos, claramente visibles a la luz de la luna que se filtraba por el pasillo a esa hora. Había llorado y las lágrimas aún bañaban sus mejillas. ¡¡La bata rosada aún estaba entera, pero se había rasgado de la cintura para abajo, revelando algo espantoso, que no tenía cabida ni en sus más horribles pesadillas!!. Los pies habían desaparecido y en su lugar estaban ocho patas peludas y articuladas, así como toda la apariencia de una araña monstruosamente grande, toda negra y con una mancha roja intensa cerca del final del bulbo posterior. Una hueste de arañas más pequeñas andaba todo alrededor de donde ella pisaba. Y su cuerpo arácnido estaba parcialmente encaramado en la pared de la casa, mientras la parte que quedaba humanoide, de la cintura para arriba estaba frente a David, casi rozando la barbilla de él con la frente de ella.

Mudo de terror, intentó escapar de semejante criatura de pesadilla. No pensó en las lágrimas que veía todavía en su rostro, sino en esa forma monstruosa de araña que era de la cintura para abajo. Pero no llegó muy lejos… Con un salto prodigioso, Marjugla se colocó entre él y la moto y sujetándolo con sus pequeños brazos humanos, que tenían una fuerza increíble lo inmovilizó haciéndole presa en el cuello. 
- Tú eras el que esperaba – le dijo una vez que lo tuvo en el suelo -. ¡¡Quiero que te quedes conmigo!!
- ¡¡No!! ¡¡Esto no está pasando, no es real!! – eso fue todo lo que logró articular David en su desesperación, mientras intentaba zafarse del poderoso agarre de Marjugla.
- Quiero que seas mío. Estarás conmigo. No pasará nada. El dolor será sólo pasajero, luego serás como yo – ella lo tenía inmovilizado y las arañas ya habían llegado a él y comenzaban a metérsele por la boca, por la nariz, por el agujero del oído, por cualquier sitio que encontraran intentaban entrar en su cuerpo.

Él seguía forcejeando, como un pez que intenta sacudirse un anzuelo de su boca. Pero no podía con la fuerza de la criatura que estaba enfrentando, aún cuando era un hombre en la plenitud de sus fuerzas. Sentía como las arañas lo iban picando desde dentro, aunque él mordió a muchas y las mató antes de que entraran por su boca. Pero eran demasiadas y comenzaron a sofocarlo. Las arañas le llegaban por la tráquea al estómago, de la nariz a los pulmones y al cerebro, del oído al cerebro también y por todos lados le mordían constantemente en una forma que parecían querer devorarlo desde dentro, sin dejar huesos, sólo la piel. Y las sentía picar y roer, una y otra vez, en su garganta, en sus oídos, en su estómago, en su nariz, todo dentro de él mismo, con un dolor lacerante y punzante en cada nervio de su cuerpo. Intentaba gritar, pero no salían sonidos de su boca. Mientras lo tuviera así, no podía hacer nada. Todavía pensando sus propios pensamientos, razonando en ese instante que se está al borde de la muerte, forcejeando y debatiéndose violentamente, logró desabrochar el estuche de la navaja y abriéndola con descomunal esfuerzo, aun con las manos de la espantosa criatura en su cuello, sacó la cuchilla y le propinó una punzada en el vientre. Ella lo soltó repentinamente, aullando de rabia y dolor por la puñalada recibida, mientras de su herida manaba un fluido verdoso, similar al vómito y lleno de más arañas y de huevos diminutos. Tambaleante, y sangrando desde dentro por las numerosas arañas que seguían mordiéndole y abriéndole los órganos internos, se acercó a la moto. Giró la llave en el tanque de la gasolina, mientras la draña, la espantosa criatura mitad humana y mitad araña, ese horror aberrante en que se había convertido la bella niña Marjugla se le acercaba dispuesta a terminar con él. Extrayendo ahora el yesquero de su estuche en el cinturón, logró encenderlo y con un último y máximo esfuerzo físico, lo lanzó al tanque de la gasolina en el momento en que la aberración ya estaba sobre él. Rodaron sobre la moto con violencia, y la poca gasolina que aun quedaba se derramó, bañando a ambos, entrando en ignición en fracciones de segundo. Al menos moriría siendo humano,  y desaparecería la horrenda criatura. Así, se enfrentaría cual fuera el destino que le aguardara después de la vida. Agonizando por las quemaduras que estaba recibiendo alcanzó a ver como la draña, también incendiada y aullando de dolor y furia se dirigía hacia la casa y comenzaba a prender fuego, en su loca huída a todo lo que quedaba de eso. Luego sintió que el dolor iba cediendo. Ya no le dolían las quemaduras, aunque todavía podía ver su piel ardiendo y reventando en dolorosas ampollas causadas por la combustión. Ya no sentía las mordidas internas, agudas y punzantes, de las arañas diminutas que amenazaron con convertirlo en una aberración horrorosa. Podía escuchar a la draña aullando, lanzando gritos desgarradores y quemándose viva, prendiendo fuego a todo lo que estaba a su alrededor. Luego sintió sueño… Una paz que no había experimentado excepto cuando viajaba constantemente por su querido país. Y sin más, todo acabó.



FIN

jueves, 1 de octubre de 2015

La draña (Pt. 1)


Existen en este mundo una gran y enorme cantidad de horrores, muchos de ellos conocidos únicamente por personas cuya curiosidad es incontrolable o cuyo deseo de conocimientos los mantiene en una constante mortificación mental. Así, cual nuevo Prometeo, esas personas se sumergen en las búsquedas más terribles y terminan desatando terrores sobre la humanidad, sin que exista un Zeus para encadenar al transgresor, sea este intencionado o no. Los ojos pueden derramar lágrimas, luego sangre, luego el alma entera y aún seguirán esas personas creyendo que las cosas que han hecho han sido para bien de sus semejantes. Sin embargo, muchas de esos terrores mundanos se descubren enteramente por accidente, como en la historia que se ha de revelar ahora.
En las largas y desoladas planicies de la zona sur del estado Anzoátegui los viajeros se encuentran con terrenos en apariencia fértiles, por hallarse en las márgenes del gran río Orinoco. En efecto, lo que separa al estado Bolívar de Anzoátegui es precisamente ese vasto río. Aun así,  por esos caminos desamparados, muy poca es la lluvia que cae, y del mismo modo, escasos son los campos de cultivo de grandes extensiones. Lo que más llena el panorama son zarzas y malezas de distintos tipos, unas especies de plantas egoístas que al verlas en un jardín corriente, una persona no dudaría en arrancarlas, pero de las pocas que son capaces de sobrevivir a un clima tan seco y árido. A medida que el viajero avanza hacia el corazón de esa zona agreste, la vegetación del camino se torna más amarillenta, perdiendo el verdor y la exuberancia que tiene todavía en las cercanías del río. No se ven por ningún lado cerros o montañas imponentes; todo es un terreno en apariencia llano, pero realmente muy accidentado, al menos en esa parte, decorado ocasionalmente con hectáreas enteras de pinos y esas otras invenciones humanas de espantoso efecto para cualquier paisaje: taladros petroleros, balancines y torres de comunicación. Estos artilugios, lejos de alegrar la vista señalando con su presencia la mano del hombre, dan un aspecto más yermo a una carretera que ya es bastante inhospitalaria. No son casas de aspecto hogareño, al contrario; son construcciones, levantadas por el hombre, al igual que una casa, pero con un mutismo hermético y metálico, especialmente en el caso de las torres y los balancines, que en vez de ser como una persona con los brazos abiertos y sonriente, es como si se tratara de un ser huraño y hosco, que mira a los demás con una desconfianza absoluta y es incapaz de ofrecer la menor ayuda a quien lo necesite. Por añadidura, otros objetos que evidencian el abandono de esos caminos, un abandono no de personas, pues transitan por ellos, sino de sentimientos, son los numerosos esqueletos de automóviles que tanto abundan por allí, producto indudable de los frecuentes accidentes o de malhechores que se dedican a desmantelarlos para su provecho, habiendo despojado o incluso asesinado para ello a sus legítimos propietarios. ¡Los buitres siempre buscan los desiertos para hacer su roñoso negocio! Pero mientras estos son animales sin maldad, que esperan a que su presa esté muerta para disponer de ella, los buitres de la humanidad son capaces de forzar las circunstancias y repartir muerte sin pensar en más consecuencias que el beneficio que obtendrán de ello.


 La gente que viaja por esa carretera y otras similares, que llenan ese y muchos otros estados de Venezuela, se apresura a salir cuanto antes, llevando sus vehículos a límites insospechados, con tal de llegar a la ciudad más próxima y dejar toda esa soledad atrás. 

De ciudades importantes, el estado Anzoátegui no carece, pero no es en el mundo civilizado donde se descubren las verdaderas entrañas de lo siniestro. Las tripas del mundo de la oscuridad se retuercen y enroscan continuamente en sitios poco frecuentados, donde muchos seres humanos se encuentran en un terco aislamiento, voluntario o no, o donde no existe o se revela su presencia en absoluto. ¿Sería igual que la temible y aprehensiva llanura de Salysbury, en Inglaterra, estuviera cerca de algún poblado? ¿Implicaría el mismo terror que el centro del Triángulo de las Bermudas estuviera cerca de algún archipiélago exótico? Los horrores de este mundo no se manifiestan sino al margen de la civilización.
Si alguien se encuentra viajando más allá de El Tigre, una de las ciudades importantes del estado, por la vía hacia el pueblo llamado Pariaguán sentirán una sensación de aislamiento y soledad similares a las que se experimentan viajando por alguno de los caminos ya descritos. Y se incrementaría al ver la escasa vegetación que existe en ese tramo. Una vez pasado el pueblo, cuya gente es aceptablemente gentil y cariñosa, el viajero se encaminará hacia Valle de la Pascua, en el vecino estado Guárico, a cientos de kilómetros. Pero no es hacia este valle de nombre tan bello y sugerente hacia donde se encaminaría una persona que busque experiencias nuevas o sitios desconocidos, pues Valle de la Pascua es una ciudad famosa por sus ferias y fiestas y, aunque hermosa y acogedora, no ofrece gran cosa al buscador, si este ya ha estado allí. No, dicho buscador, por placer o curiosidad, tomará cualquier desvío anterior, a ver a donde le lleva ese camino incierto y desconocido. Todo con el afán de descubrir lugares nuevos o por satisfacer una  hormigueante curiosidad, que como un jinete impaciente, hace galopar el caballo de su espíritu hasta que sus lastimados costados manan sangre y el sudor cubre por completo su cuerpo.
Por una de esas carreteras, viajaba ahora un motociclista solitario, víctima involuntaria de esa insaciable sed de conocimientos. Su nombre era David Gabriel y con sus 26 años, ya decía conocer más de Venezuela que cualquier otra persona. Iba de un lugar a otro en su inseparable caballo de hierro, una motocicleta tipo chopper, de calidad más que probada. Era oriundo de la región del Centro y recorría el país buscando sitios remotos y desconocidos para otras personas, fuera de las que vivían allí. La solitaria carretera le llamaba, como incitándole siempre y desde hacía cuatro años vagabundeaba por los rincones de su país. Había estado en Mérida, San Cristóbal, las playas del litoral, las montañas de Caripe, así como en muchos pueblos pequeños de todas esas zonas, que ni siquiera aparecen en los mapas, y ahora viajaba por el desconocido, para él, corazón del estado Anzoátegui. 

Había estado en Anaco, El Tigre y Pariaguán y se encaminaba al atardecer, por la carretera a Valle de la Pascua, cuando uno de esos brazos de la misma le presentó una bifurcación. Sabía que si mantenía su curso actual llegaría una vez más a Valle de la Pascua. Pero como las fiestas de ese lindo pueblo aún estaban a unos días de distancia, decidió entretenerse explorando. Y el camino, con su encrucijada ante él, no podía ofrecerle una mejor alternativa para su mente siempre ávida de nuevos lugares y para su corazón añorante del Infinito Andar. Sin vacilar, tomó la bifurcación que se le presentaba.
¿Cómo podía alguien tan joven viajar así? Bueno, David provenía de una familia adinerada, que residía en la ciudad de Maracay, en Aragua. Pero aun así eso no era suficiente explicación, pues se vería como una especie de hijo pródigo, que pidió su herencia anticipadamente para dedicarse a los placeres de la vida. Nada más lejos de la realidad. A sus 18 años le regalaron su moto, cuando estaba a punto de entrar a la universidad. A los 22 se había graduado de la misma, con un título de Ingeniero Mecánico y menciones honoríficas. Durante 6 meses trabajó en una gran empresa, pero no era lo que deseaba, aunque ganaba buen dinero. Decidió hacer un viaje hacia Mérida, en busca nuevos horizontes y allí fue donde le tomó placer a recorrer caminos y conocer nuevas personas. Pero lo que más le impulsaba era la posibilidad de poder frecuentar nuevos sitios, experimentar y aprender las costumbres de la gente, cuanto más ajenas a las suyas propias, tan refinadas y esnobistas. Eso le causaba un placer inconmensurable. Era el verdadero aventurero en ese sentido. Y ahora, enfundado en su chaqueta de cuero negro, con sus pantalones jean algo gastados y decolorados, con unos anteojos para protegerse del sol y de los insectos, con el viento jugando desacompasadamente con la pañoleta negra que coronaba su frente, surcaba un camino desconocido, rodeado de fundos y campos por todos lados, pero en otros aspectos tan solitario como los que se han descrito antes. Estaba pavimentado de grava mezclada con asfalto y unas que otras piedras de río, usadas con seguridad para rendir dicho asfalto, aunque gastaban mucho más rápido las llantas de cualquier vehículo que cruzara por ella. David recorría la carretera, a la moderada velocidad de 70 Km/h., para disfrutar del paisaje que en esta zona no era tan desolado. A veces, disfrutaba acelerando muchísimo, palpando la emoción de la velocidad, aunque en este momento se recreaba en el paisaje.

En las bolsas laterales de la motocicleta, llevaba un par de mudas de ropa, una brújula, y aunque su teléfono celular contaba con GPS, él rara vez lo usaba para eso, pues pensaba que le quitaba parte del encanto el hecho de saber hacia dónde se dirigía, si aún no había estado allí. También llevaba una botella de agua potable, cuidadosamente envuelta en dos bolsas, para que no se mojara la ropa y además, un estuche de herramientas, para cualquier eventualidad. Tenía consigo, en su cinturón, una navaja del ejército suizo, una Victorinox, siempre útil, especialmente cuando se está fuera de casa y a pesar de que no fumaba, llevaba un mechero refinado, de marca Zippo, allí mismo, en otro estuche. Su chaqueta de cuero era prácticamente impermeable, así que no se preocupaba mucho de la lluvia. Colgado de la parrilla trasera de la motocicleta estaba su casco, que sólo se ceñía cuando avistaba a lo lejos un control vial o alcabala o cuando sabía que estaba por un camino lleno de ellas. En este caso, una ojeada bastó para qué intuyera que este camino no tenía esa clase de cosas. Además, al ser llano y carente casi por completo de vueltas y revueltas, pensaba que podía darse cuenta de cualquier control vial mucho antes de llegar al mismo, colocarse el casco y seguir como si nada hubiera pasado.
También llevaba un bidón para guardar gasolina, amarrado a la parte trasera de la moto. Fue en un momento, cuando había recorrido ya unos 30 kilómetros, que recordó, repentinamente que no había cargado gasolina antes de salir de Pariaguán. Se reprochó a si mismo su descuido, pero luego se tranquilizó pensando en que no debía estar lejos de algún poblado. Además, se veían, como se ha dicho antes, casas y fundos, donde la gente seguramente tendría un poco de gasolina, en caso de que él necesitara. Aminoró un poco más la marcha, pues a la moto ya le quedaba menos de la mitad del tanque y a mayor velocidad, más consumo de combustible. El sol se estaba ocultando ya, de frente a David, cuando este alcanzó otra encrucijada. Había señalización, pero sólo hacia la izquierda, indicando el nombre de San Diego en esa dirección, mientras que hacia la derecha el terreno subía un poco por una colina no muy pronunciada. Sin dudar, tomó el camino hacia San Diego, pero no sabía a qué distancia se encontraba dicho pueblo. Por un instante estuvo tentado de utilizar el GPS, pero luego descartó la idea, diciéndose a sí mismo “¡Juega limpio!”.
Aunque aún  había claridad suficiente, encendió las luces de la moto, pues el anochecer se acercaba sigilosamente, con una luna tempranera a sus espaldas y el sol ya completamente oculto. Una luz crepuscular bañaba todo el paisaje alrededor de la carretera, dejando parches de claridad en las zonas más descubiertas y permitiendo que el viento se sintiera levemente entre los árboles, más como un susurro que como el aullido estremecedor que es común en las zonas llanas. Comenzó a sentirse algo inquieto, por el hecho de aún no haber llegado al pueblo de San Diego. En la lejanía se distinguía una alta torre de comunicaciones, con sus colores blanco y rojo desvaneciéndose lentamente en la oscuridad. Mucho más allá, hacia el norte, a unos 60 kilómetros, según los cálculos de David, se veía un resplandor rojizo, como una antorcha, pero de gigantescas proporciones. Recordó que había visto, a lo largo de sus muchos viajes, quemadores que utilizaban en las refinerías de petróleo y como esta era una zona petrolera no se extrañó del hecho. Al contrario, se renovaron sus esperanzas, pero al mismo tiempo volvió la inquietud, pues con lo que le quedaba de gasolina no sería suficiente para llegar. Entonces tomó una decisión: En el próximo campo o fundo, entraría a pedir un poco de gasolina. Pagaría bien por ella, pues contaba con una cantidad suficiente de dinero en su cartera.